Martina vivía en una casita junto al bosque. Cada tarde caminaba entre los árboles altos y saludaba a los animales. Conocía a los pájaros, a las ardillas y a los conejos.
Pero sus amigos favoritos eran dos: un zorro de cola anaranjada llamado Rufo y una erizo pequeñita llamada Pina.
Una tarde, Martina encontró algo maravilloso en el suelo del bosque. Era una semilla brillante, redonda como una moneda.
"Si la plantas, crecerá una flor de luna", dijo Rufo moviendo su cola. "Es la flor más bonita del bosque. Brilla de noche como una estrellita."
Martina plantó la semilla con mucho cuidado. Hizo un hoyito con sus manos, puso la semilla dentro y la tapó con tierra suave. Después le echó un poquito de agua.
"¿Ya va a crecer?", preguntó Martina, mirando la tierra.
Pina, la erizo, se rió bajito. "Todavía no, Martina. Las cosas bonitas necesitan su tiempo."
Martina esperó un ratito. Miró la tierra. Nada. Miró otra vez. Nada.
"Quizás mañana", dijo Rufo, y le guiñó un ojo.
Al día siguiente, Martina corrió al bosque. ¡Nada todavía! Solo tierra marrón y quieta.
Martina frunció el ceño. Quería ver la flor ya, ya, ya.
"Ven", le dijo Pina. "Mientras esperas, te enseño algo."
Pina la llevó a ver su nido de hojas. Lo estaba haciendo hojita por hojita, despacito, cada día una más. "Mi nido tardó muchos días", dijo Pina. "Pero ahora es calentito y perfecto."
Rufo también le enseñó algo. Se sentó muy quieto junto a un arbusto, sin moverse, esperando. Al ratito, una mariposa azul se posó en su nariz. "Si esperas tranquila", susurró Rufo, "el bosque te regala sorpresas."
Pasaron los días. Martina regaba su semilla cada tarde y luego jugaba con sus amigos. Ya no miraba la tierra a cada ratito. Aprendió a esperar como Pina, tranquila y contenta, y a estar quieta como Rufo.
Una tarde, mientras regaba, vio algo verde asomándose en la tierra. ¡Un brotecito!
"¡Está creciendo!", gritó Martina dando saltitos.
El brote creció un poquito cada día. Primero una hoja, luego otra, luego un tallo alto. Y una noche, cuando el cielo se llenó de estrellas, el capullo se abrió.
La flor de luna era blanca y suave, y brillaba con una lucecita plateada. Era la cosa más bonita que Martina había visto.
"Valió la pena esperar", dijo Martina en voz bajita.
Rufo se acurrucó a un lado de Martina, con su cola calentita como una manta. Pina se hizo una bolita al otro lado, roncando suavecito.
Martina miró la flor brillar bajo las estrellas. Sus ojos se pusieron pesaditos, pesaditos.
El bosque cantaba una canción tranquila con el viento. Las hojas hacían shhh, shhh.
Y Martina, entre su zorro y su erizo, cerró los ojos despacito y se quedó dormida, soñando con flores que brillan y amigos que saben esperar.
Buenas noches, Martina. Que duermas calentita como un nido de hojas.