Leo tenía seis años y un taller pequeñito en un rincón de su cuarto. Allí guardaba tornillos, ruedas, botones brillantes y cajas llenas de piezas curiosas. A Leo le encantaba inventar cosas. Su sueño más grande era construir un robot de verdad, uno que pudiera caminar y encender una lucecita en la cabeza.
Una tarde, después de merendar, Leo decidió que había llegado el momento. Sacó todas sus piezas, se puso sus gafas de inventor, que en realidad eran unas gafas de nadar, y dijo con voz de científico:
"¡Hoy nace Chispa, mi robot!"
Leo trabajó con mucho cuidado. Puso una caja como cuerpo, dos tubos como brazos y una lata pequeña como cabeza. Le pegó dos botones azules como ojos y conectó los cables con paciencia.
"Listo", susurró Leo. "Chispa, ¡despierta!"
Apretó el botón rojo. Pero Chispa no caminó hacia adelante. Caminó hacia atrás, chocó suavecito con la pared y se le cayó un brazo.
Leo frunció el ceño. Se le puso la cara caliente y sintió ganas de guardar todo en la caja y no inventar nunca más.
"Me equivoqué", dijo bajito. "Soy un mal inventor."
Entonces escuchó un sonidito, como un bip tímido. Era Chispa, con su único brazo, señalando los cables de sus pies.
Leo se acercó despacio. Miró bien y descubrió algo: había puesto dos cables al revés, el verde donde iba el amarillo. Por eso Chispa caminaba hacia atrás.
"¡Ah!", dijo Leo, abriendo mucho los ojos. "El error me está enseñando dónde mirar."
Cambió los cables con sus dedos pequeños y volvió a pegar el brazo, esta vez con más cinta. Respiró hondo y apretó el botón rojo otra vez.
Chispa dio un paso hacia adelante. Luego otro. ¡Y otro más! Caminaba un poquito chueco, como un patito, pero caminaba.
Leo saltó de alegría. Pero entonces la lucecita de la cabeza de Chispa hizo pssss y se apagó.
Esta vez Leo no se puso triste. Se rascó la cabeza y sonrió.
"Otro error", dijo. "Eso quiere decir que hay otra cosa nueva que aprender."
Revisó la lucecita y vio que la pila estaba floja. La apretó bien, y la cabeza de Chispa se encendió con una luz suave y dorada, como una estrellita.
Esa noche, mamá vino a arropar a Leo y vio al robot brillando en el rincón.
"¡Qué invento tan bonito!", dijo mamá. "¿Fue difícil?"
"Me equivoqué muchas veces", contó Leo con un bostezo. "Primero caminó para atrás, después se le cayó un brazo, después se apagó la luz. Pero cada vez que algo salía mal, yo descubría algo nuevo. Mañana quiero equivocarme un poquito más, para inventarle una canción."
Mamá le dio un beso en la frente y apagó la lámpara grande.
El cuarto quedó en silencio, iluminado solo por la lucecita dorada de Chispa, suave como la luna.
Leo se acurrucó bajo su manta y miró a su robot. Chispa movió despacito su brazo, como diciendo buenas noches, y su luz se fue haciendo más y más tenue, bajito, bajito, como una vela que se duerme.
Leo cerró los ojos. En sus sueños ya estaba dibujando nuevos inventos, con tornillos, ruedas y muchas pruebas por hacer.
Y así, calientito y tranquilo, con su robot cuidándolo desde el rincón, Leo se quedó profundamente dormido.