Mateo tenía cinco años y un corazón lleno de dinosaurios. Su favorito era el braquiosaurio, ese gigante amable de cuello larguísimo que comía hojas de los árboles más altos.
Una noche, justo cuando Mateo cerraba los ojos, escuchó un sonido suave, como pasos grandes y lentos. Miró por la ventana y no lo podía creer. En su jardín había un braquiosaurio de verdad, con la piel verde como el musgo y ojos dulces y brillantes.
"Hola, Mateo", dijo el dinosaurio con voz baja y tranquila. "Me llamo Bruno. Necesito tu ayuda."
Mateo se puso sus pantuflas y salió al jardín. Bruno bajó su cuello largo, largo, largo, hasta que su cabeza quedó junto a Mateo.
"Mi amiga pequeña, una cría de braquiosaurio, se quedó dormida en la cueva del bosque", explicó Bruno. "La cueva es muy oscura y yo soy demasiado grande para entrar. ¿Me acompañas a buscarla?"
Mateo miró hacia el bosque. Estaba oscuro. Sintió mariposas en la pancita.
"Está bien tener un poco de miedo", dijo Bruno suavemente. "Yo también lo siento a veces. Pero podemos ir juntos, pasito a pasito."
Mateo subió al lomo de Bruno y caminaron bajo las estrellas. El bosque de noche era diferente. Los árboles parecían más altos y las sombras bailaban.
Cuando llegaron a la cueva, Mateo bajó despacio. La entrada era pequeña y negra como la tinta.
Respiró hondo, una vez, dos veces. Sus piernas temblaban un poquito, pero sus pies dieron un paso. Y luego otro.
"Voy contigo en mi corazón", susurró Bruno desde afuera.
Mateo entró en la cueva, despacito, tocando la pared fresca con su mano.
Adentro, Mateo escuchó un sonidito. Era como un ronquido chiquito y dulce.
"¿Hola?", llamó Mateo con voz suave.
Y ahí estaba, hecha una bolita, la cría de braquiosaurio, dormida sobre un montón de hojas. Era pequeñita, del tamaño de un perro grande, con manchitas verdes.
Mateo le acarició la cabeza con cuidado. "Despierta, pequeña. Tu amigo Bruno te está buscando."
La cría abrió los ojos, bostezó, y siguió a Mateo hacia la salida, caminando pegadita a su lado.
Cuando salieron, Bruno hizo un sonido feliz, como una trompeta suave. "¡Lo lograste, Mateo! Entraste aunque tenías miedo. Eso es lo que hacen los valientes."
Mateo sonrió. Las mariposas de su pancita ya no estaban.
Bruno llevó a Mateo de regreso a casa, caminando lento bajo la luna. La cría iba a su lado, medio dormida, apoyando su cabecita en la pata de Bruno.
"Gracias, amigo valiente", dijo Bruno, y con su cuello largo ayudó a Mateo a entrar por la ventana, directo a su camita calientita.
Mateo se acurrucó bajo su cobija. Afuera, escuchó los pasos grandes y suaves de Bruno alejándose, pum, pum, pum, cada vez más lejos, cada vez más despacio.
Los párpados de Mateo se pusieron pesaditos. Pensó en la cueva oscura y en cómo sus pies habían dado ese primer paso.
Bostezó, largo y rico, como bostezan los braquiosaurios.
Y mientras las estrellas brillaban tranquilas sobre su ventana, Mateo se quedó dormido, soñando con cuellos largos, hojas verdes, y una cría de dinosaurio que roncaba bajito, bajito, bajito.
Buenas noches, Mateo. Que sueñes con gigantes amables.