TaleMeGoodnight

Cuento para dormir sobre el espacio y los planetas

Un viaje muy tranquilo entre planetas y estrellas, escrito para un niño de 6 años al que le cuesta apagar la luz.

1

Diego tenía un cohete pequeño y plateado que dormía en el jardín de su casa. Cada noche, cuando las estrellas empezaban a brillar, Diego se ponía su casco espacial y subía a bordo.

Pero Diego siempre viajaba al mismo lugar: la Luna. Le encantaba la Luna. Conocía sus cráteres, sus rocas grises y su polvo suave como harina.

Esa noche, mientras se abrochaba el cinturón, una voz amable sonó en la radio del cohete.

"Hola, Diego", dijo la voz. "Soy Cometa, tu cohete. ¿Y si esta noche visitamos un planeta nuevo?"

Diego arrugó la nariz. "No sé, Cometa. La Luna me gusta. Ya la conozco muy bien."

2

"La Luna es maravillosa", dijo Cometa con dulzura. "Pero hay tantos lugares brillando allá arriba. ¿No te da curiosidad?"

Diego miró por la ventanita. Vio un puntito rojo que parpadeaba a lo lejos, como si lo estuviera saludando.

"Ese es Marte", dijo Cometa. "Está un poquito más lejos que la Luna. Pero yo estaré contigo todo el camino."

Diego apretó fuerte los mandos. Sentía cosquillas en la barriga, esas cosquillas que aparecen cuando algo es nuevo.

"Está bien", susurró. "Vamos a intentarlo."

Y el cohete despegó con un suave fuuuush hacia el cielo oscuro.

3

Volaron y volaron entre estrellas que titilaban como luciérnagas. Diego contó tres estrellas fugaces y saludó a un satélite que pasaba dando vueltas.

Cuando llegaron a Marte, Diego bajó despacito por la escalerilla. La tierra era roja y anaranjada, como un desierto al atardecer.

"¡Cometa, mira!", gritó Diego. "¡Las rocas son rojas! ¡Y hay una montaña gigante, más grande que todas las montañas de la Tierra!"

Diego saltó y saltó. En Marte, sus saltos eran altos y flotantes, y se reía cada vez que bajaba flotando como una pluma.

"¡Esto es increíble!", dijo. "¡Y yo casi no quería venir!"

4

Después de jugar, Diego se sentó sobre una roca roja y tibia. Desde allí podía ver la Luna, pequeñita y blanca, brillando a lo lejos.

"La Luna sigue ahí", dijo Cometa suavemente. "Siempre puedes volver a los lugares que amas. Pero ahora también tienes un lugar nuevo en el corazón."

Diego sonrió dentro de su casco. "Cometa, ¿hay más planetas que podamos visitar?"

"Muchísimos", respondió el cohete. "Saturno tiene anillos que giran como carruseles. Júpiter tiene tormentas que parecen remolinos de pintura. Neptuno es azul como el mar."

"Quiero verlos todos", bostezó Diego. "Uno por uno. Poquito a poco."

5

El viaje de regreso fue tranquilo y silencioso. Las estrellas pasaban despacio por la ventanita, como lucecitas de un móvil de cuna.

Cometa puso música suave y bajó las luces de la cabina. Diego sintió los ojos pesaditos, pesaditos.

"Gracias por animarte a probar algo nuevo", susurró Cometa. "Fuiste muy valiente."

"Mañana... Saturno...", murmuró Diego con una sonrisita.

El cohete aterrizó suavecito en el jardín. Diego caminó hasta su cama, se metió bajo las cobijas calentitas y abrazó su almohada.

Por la ventana, Marte parpadeaba su lucecita roja, como diciéndole buenas noches. Y Diego, el gran explorador del espacio, cerró los ojos y se quedó dormido, soñando con anillos que giran, planetas azules y todos los mundos nuevos que lo esperaban.

Buenas noches, Diego. Que sueñes con las estrellas.

Este cuento se escribió para Diego. El siguiente puede ser para tu hijo.

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