Había una vez un niño llamado Hugo que vivía en un pueblo pequeño, muy cerca de un castillo antiguo con torres altas y banderas de colores. A Hugo le encantaba mirar el castillo desde su ventana cada noche antes de dormir.
Una tarde, mientras jugaba en el jardín, Hugo escuchó un sonido extraño que venía del bosque. Era un sonido suave y triste, como un llanto pequeñito.
Hugo sintió cosquillas en la barriga. El bosque era oscuro y él nunca había entrado solo. Pero el llanto sonaba tan triste que respiró hondo y dio un paso. Y luego otro. Y luego otro más.
Entre los árboles, Hugo encontró algo increíble. Era un dragón bebé, pequeñito como un gato, con escamas verdes que brillaban como hojas mojadas. El dragoncito lloraba porque se había perdido.
"No llores", dijo Hugo con voz suave. "Yo te voy a ayudar."
"Me llamo Chispa", dijo el dragoncito. "Mi familia vive en la torre más alta del castillo. Pero el camino es largo y yo tengo miedo."
Hugo también tenía un poquito de miedo. El castillo estaba lejos y ya empezaba a oscurecer. Pero miró los ojos grandes de Chispa y dijo: "Vamos juntos. Los dos somos pequeños, pero juntos somos valientes."
Caminaron por el sendero del bosque, tomados de la mano y de la patita. Cuando el viento movía las ramas y hacía sombras raras, Hugo apretaba la patita de Chispa y le cantaba una canción bajita.
"¿Tú no tienes miedo?", preguntó Chispa.
"Sí tengo", dijo Hugo. "Pero mi mamá dice que ser valiente no es no tener miedo. Ser valiente es seguir caminando aunque el corazón haga pum, pum, pum."
Chispa sonrió y sacó una llamita pequeña por la nariz, como una velita, para alumbrar el camino. Así, los dos siguieron adelante, paso a paso.
Por fin llegaron al castillo. Las puertas eran enormes y las escaleras de la torre parecían no terminar nunca. Hugo contó los escalones para no pensar en el cansancio: uno, dos, tres, cuatro...
Arriba, en la torre más alta, esperaba la mamá dragona. Era grande y hermosa, con escamas doradas. Cuando vio a Chispa, lo abrazó con sus alas suaves.
"Gracias, pequeño Hugo", dijo la mamá dragona. "Tú tenías miedo del bosque, pero ayudaste a mi bebé de todos modos. Ese es el corazón más valiente de todos."
Hugo sintió calorcito en el pecho, como un abrazo por dentro.
La mamá dragona llevó a Hugo volando de regreso a casa. Volaron despacito sobre el bosque, sobre el pueblo dormido, bajo las estrellas que parpadeaban como luciérnagas del cielo.
Chispa se despidió con un besito de dragón en la mejilla de Hugo. "Eres mi mejor amigo", susurró.
Hugo entró por su ventana, se puso el pijama y se metió en su cama calentita. Desde su almohada podía ver el castillo a lo lejos, con una lucecita brillando en la torre más alta. Era Chispa, deseándole buenas noches.
Hugo bostezó despacio. Sus ojos se cerraban poquito a poquito. Esa noche soñó con dragones verdes, castillos dorados y caminos que ya no daban miedo, porque él sabía caminarlos paso a paso.
Y así, con el corazón tranquilo y valiente, Hugo se quedó dormido.
Buenas noches, Hugo. Que sueñes con dragones.