Había una vez una niña llamada Lucía. Tenía cuatro años y unos ojos que brillaban como estrellitas. A Lucía le encantaban dos cosas más que nada en el mundo: los unicornios y los arcoíris.
Una tarde, después de la lluvia, Lucía miró por la ventana y vio algo mágico. Un arcoíris enorme bajaba desde el cielo hasta su jardín. Sus colores brillaban suavecito: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta.
Lucía se puso sus zapatitos y salió al jardín. El arcoíris parecía un camino de luz. Y al final del camino, algo se movía despacito entre las flores.
Era un unicornio pequeñito. Tenía el pelo blanco como la nieve y un cuernito que brillaba un poquito, muy poquito.
Pero el unicornio estaba triste. Sus orejitas estaban caídas y sus ojos miraban al suelo.
Lucía se acercó despacio, sin hacer ruido.
"Hola", dijo con voz suave. "Me llamo Lucía. ¿Por qué estás triste?"
El unicornio suspiró. "Me llamo Nube. Mi cuernito casi no brilla. Los otros unicornios subieron por el arcoíris a casa, pero yo no puedo subir sin luz. Me quedé solo aquí abajo."
Lucía pensó y pensó. Luego tuvo una idea.
"Yo te acompaño", dijo. "Nadie debe estar solo cuando está triste."
Lucía le trajo agua fresquita en su regadera pequeña. Le hizo una corona de margaritas del jardín. Y le cantó bajito la canción que su mamá le cantaba a ella.
Nube sonrió un poquito. Y algo curioso pasó. Su cuernito brilló un poquito más.
"¡Mira, Nube!" dijo Lucía. "¡Tu cuernito tiene más luz!"
Entonces llegó un caracol muy cansado, cargando su casita.
"Pobre caracol", dijo Lucía. "Ven, te llevo hasta esa hoja grande."
Con mucho cuidado, lo puso sobre una hoja verde y suavecita. El caracol le dio las gracias con sus antenitas.
Y el cuernito de Nube brilló más fuerte.
Después, un pajarito no encontraba su nido. Lucía y Nube lo ayudaron a buscarlo juntos, mirando entre las ramas, hasta que el pajarito voló feliz con su familia.
Y el cuernito de Nube brilló muchísimo más, como una lucecita dorada.
"¡Ya entiendo!" dijo Nube dando un saltito alegre. "Mi cuernito brilla cuando alguien hace cosas buenas por los demás. Tú me diste la luz que me faltaba, Lucía."
El arcoíris se puso más brillante que nunca. Nube ya podía volver a casa.
"Gracias, Lucía", dijo el unicornio, y le dio un besito suave en la mejilla con su naricita. "Cada vez que veas un arcoíris, acuérdate de mí. Yo estaré arriba, brillando por ti."
Lucía lo abrazó fuerte. Nube subió por el camino de colores, saltando de nube en nube, hasta que se perdió en el cielo rosado del atardecer.
Esa noche, la mamá de Lucía la arropó en su camita calientita.
"Mamá", dijo Lucía con un bostezo grande, "hoy ayudé a un unicornio. Y a un caracol. Y a un pajarito."
"Qué corazón tan bonito tienes", susurró su mamá, dándole un beso en la frente.
Lucía miró por la ventana. En el cielo oscuro, una estrellita brillaba más que las demás. Parecía un cuernito de unicornio diciendo buenas noches.
Lucía cerró los ojos despacito. Soñó con arcoíris suaves como almohadas y con Nube galopando entre nubes de algodón.
Y así, calentita y feliz, Lucía se quedó dormida.
Buenas noches, Lucía. Que sueñes con unicornios.